En un principio, JUAN ZIVICO habitó un ámbito

de silencios calcinados, de Ilagas minerales que daban a luz

fuego de fósforo y sangre de alaridos.

FÓSILES de mariposas esmaltaban los silencios. Y las arrugas

del lienzo blanco ofrecían un recuerdo de quemadas heridas.

No florecían volcanes, ni sueños en aquella patria destruida

O no nacida siquiera. Habitaban tan solo gavillas de delirios.

Vino luego el ahondar, el cavar en la tierra de su tierra.

Y encontró pedazos de su propio corazón en trozos de tiestos

musulmanes, muros de adobe, silencios de salmodias.

Y la tierra antigua olía sándalo podrido.

AHORA habita entre vasijas rotas de ungüentos derramados,

jarras que retuvieron amores ya vencidos, recipientes de loza

derruida, cunas ancianas donde durmieron las pócimas.

Y en una arcada de mármol arrugado, sobre las losas de barro

cocido, pasea su pie descalzo en su incesante búsqueda.

Francisco BENÍTEZ.

Escritor, poeta y dramaturgo

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